SER COMPLICES DEL BIEN
“Mi alma que desborda humanidad ya no soporta tanta injusticia”1, dice Eduardo Miño en su carta escrita antes de inmolarse en forma de protesta. Cuando el mal se presentó en su trabajo, en personas que no otorgaron las condiciones laborales que protegieran la integridad de sus empleados Eduardo se percibió desbordado. Desbordado de humanidad.
¿Por qué, ante la injusticia, desborda la humanidad? ¿Qué tiene el mal que desvía nuestra atención de nuestra experiencia de bien y humanidad?
Todos los días, y particularmente en las circunstancias políticas y sociales actuales, vemos cómo el mal se toma los espacios de la vida: el hogar, las escuelas, los lugares de trabajo y los espacios públicos. Se ve fácil, asequible e incluso parte de nuestra rutina. Comúnmente, el mal es fácil de encontrar, fácil de reconocer y, sobre todo, accesible: es fácil tomar parte de él. Sabemos cuando el mal está presente, porque sus consecuencias y daños se ven a simple vista. Notamos que alguien quiere hacer el mal, porque sus intereses y acciones son invertidas en cosas y lugares en donde la humanidad no entra, no tiene cabida. Participamos del mal cada vez que lo preferimos como algo de lo que no podemos zafarnos ni cambiar.
Por eso, frente a la guerra, al genocidio y al mal, nos percibimos como “ya acostumbrados”. Se espera, e incluso se decide, ser cómplices. Sin embargo, tal como en Eduardo Miño, nuestra humanidad sigue desbordándose, sigue buscando una solución, sigue buscando una esperanza.
¿Habría una alternativa para Miño, en lugar de inmolarse ante la desesperanza? ¿Qué es lo que nos exige nuestra humanidad?
El bien, por el contrario, pareciera no ser tan público como el mal. Es algo que se espera, en cuya construcción queremos participar; sin embargo, en este intento muchas veces no nos percibimos acompañados. No se celebra ni se publica, y sus acciones son menos evidentes. Muchas veces se asocia a un altruismo o a un “no querer hacer daño” o peor, como un “mínimo esfuerzo”. Sin embargo, frente a la injusticia, esto se derrumba rápidamente y deja de tener sentido esforzarse sabiendo que en cualquier momento dejará de ser sostenible “ser buenas personas”.
Sin embargo, siempre está la esperanza, como algo que molesta. Frente a la pasividad sigue habiendo un deseo de que el mal no sea la última palabra, y en cambio, cuando se presenta el bien, queremos que permanezca. Cuando vemos que el mal nos aleja del otro y el bien nos une, nos permite querer más del otro, es cuando deseamos no solo el bienestar, sino que el bien como alianza, como comunidad.
¿Existe, entonces, una complicidad del bien?
Desear el bien como unión con otros es no solo querer no hacer daño, sino que implica una postura en conjunto. Es porque hay una humanidad que desborda y una injusticia que ya no se tolera que elegimos ser cómplices del bien.
En Encuentro Santiago, partimos desde la premisa de que para nosotros el bien, ante todo, no es algo que construir, sino que es un acontecimiento que ha ocurrido y ocurre continuamente en nuestras vidas. La función principal de nuestra amistad y comunidad, en este sentido, es vivir cotidianamente la memoria de este bien y ayudarnos a ser sus cómplices. En efecto, la invitación Encuentro Santiago 2026 es “examinarlo todo y quedarnos con lo bueno”2, es decir, habitar un espacio en el que acoger, valorar y juzgar toda experiencia y propuesta que se comprometa con esta intención, ante todo por nuestra propia urgencia personal de que este bien vuelva a acontecer, y en consecuencia, poder proponerlo desde y dentro de nuestros ámbitos laborales, sociales y culturales.
1Eduardo Miño, Carta de despedida (Chile, 2001). Documento Público.
